La Gran Cruz Laureada de Alfonso XII

Momento en el que Baldomero Espartero-Álvarez de Toro impone la Gran Cruz Laureada de San Fernando (ganada en 1835) al joven Alfonso XII

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Nos ponemos en situación.

Visto el capítulo de la semana pasada de la serie El Ministerio del Tiempo, y que trata sobre un atentado a S.M. D. Alfonso XII, se ven varias incongruencias en parte del atuendo de dicho Rey para ser  el año de 1881. Y una de esas faltas es bastante importante como para dejarla pasar.

Acontecimientos anteriores

III  Guerra Carlista

Todo el mundo sabe que fue una guerra civil desarrollada en España entre 1872 y 1876, entre los partidarios de Carlos, duque de Madrid, pretendiente carlista con el nombre de Carlos VII, y los gobiernos de Amadeo I, de la I República y de Alfonso XII. Antiguamente fue conocida por la historiografía española como «segunda guerra civil».

Esta guerra civil se desarrolló sobre todo en las Provincias Vascongadas, Navarra y Cataluña. Además de la defensa del orden y el catolicismo, la restauración por parte del pretendiente en julio de 1872 de los fueros abolidos por los decretos de Nueva Planta por Felipe V, influyó en la fuerza del levantamiento en Cataluña y en menor medida en Valencia y Aragón.

2Las elecciones de abril de 1872 dieron a los carlistas una oportunidad para rebelarse. El partido de don Carlos había perdido trece escaños en las elecciones en medio de acusaciones de fraude. La indignación de los tradicionalistas fue máxima. El golpe estaba ya preparado, primero se levantarían a favor de don Carlos las guarniciones de ciudades catalanas y de Pamplona, para después rebelarse Bilbao. Por último, una insurección general en Cataluña, en Navarra y en las Provincias Vascongadas daría comienzo a las operaciones militares. El día elegido para comenzar el proceso fue el 21 de abril, una vez que don Carlos hubo logrado convencer a los gobiernos europeos de la necesidad de la guerra.

El 1873, España se hubo convertido en una amalgama de guerras, tres para ser exactos, pues las distensiones en el gobierno permitieron que el carlismo pudiese afianzar su posición. La proclamación de la república en febrero de 1873, unida a la guerra en Cuba, y la insurrección cantonalista, dejaron al nuevo gobierno republicano imposibilitado.

El nuevo general republicano, Manuel Pavía, ofrece la paz y el mantenimiento de los fueros, pero el clero alentó a los carlistas, que lograron vencer en Eraul a Pavía. Esta victoria junto a otras como la de Belabieta o Mañeru dieron alas al carlismo en las Provincias Vascongadas. La república ordenó entonces la evacuación de multitud de localidades vascas y navarras, quedando este territorio, como en 1835, todo bajo poder carlista salvo las capitales. Como pueden observar la situación no pinta nada bien para el Gobierno.

El año de 1874 fue el que decidió el curso de la guerra. El gobierno republicano estaba sumido en el caos, pero un golpe de estado del general Pavía permitió a Serrano asumir de forma dictatorial el mando de la república. Esto hizo que los gubernamentales organizaran el ejército, pudiendo apaciguar a los cantonalistas insurrectos, hecho que permitió centrar sus tropas en la lucha contra los carlistas.

El gobierno trató de acabar entonces con la guerra conquistando Estella, pero fue incapaz, siendo derrotado en Abárzuza. Esta derrota supuso un duro golpe para los republicanos, además de una nueva oportunidad para don Carlos, que trató de tomar una gran plaza de nuevo. Sitiaron los carlistas Vitoria, Irún, San Sebastián y Pamplona. Sin embargo, ninguna de estas ciudades cayó, pero no fue este el verdadero problema carlista a finales del año. Arsenio Martínez-Campos había proclamado a Alfonso XII, hijo de Isabel II como rey de España. Esto hizo que muchos carlistas moderados se pasasen al bando alfonsino, debilitando enormemente a los facciosos.

Cánovas del Castillo, cerebro de la Restauración, intentó llegar a un acuerdo con don Carlos a principios de año. Le propuso el casamiento del rey Alfonso con su hija Elvira, además de permitir el mantenimiento de los fueros. Pero Carlos VII se negó a hacer negociaciones.

Ante la imposibilidad de alcanzar la paz por la diplomacia, el ejército alfonsino, que sumaba ya más de 70.000 combatientes, lanzó una brutal ofensiva sobre Álava. Los carlistas, que apenas disponían de 33.000 soldados, no tenían nada que hacer. Las acciones de esta campaña se limitaron a los bombardeos de algunas plazas en poder carlista, para después romper el cerco de Vitoria. Los facciosos se replegaron entonces a Arlabán, habiendo perdido casi toda la provincia.

En Navarra, la situación no era mejor. En noviembre los carlistas ya habían perdido la mitad del territorio de dicha provincia, viendo además amenazada Estella, núcleo del carlismo.

Llega a Madrid el recién proclamado Alfonso XII

3

Y nada más concluir los festejos en honor a la coronación del nuevo monarca, el primer negocio de Estado que Alfonso XII emprendió, el 19 de enero de 1875, fue marchar a la guerra del norte, contra los carlistas en armas, tanto para supervisar personalmente las operaciones, como para presentar a los sublevados una propuesta de paz y conciliación nacional. Este era, sin duda, uno de los objetivos prioritarios para empezar a consolidar la institución monárquica y poder sentarse en el trono con ciertas garantías de estabilidad. Dicha iniciativa no quedó solo en mero acercamiento al frente, como cauto y distante observador, sino que Alfonso XII, en perfecta representación de su papel de rey soldado, permaneció largo tiempo acaudillando sus tropas y presidió una junta de generales para organizar una ofensiva en la que él mismo participó y donde su vida corrió peligro debido al ataque sorpresa de una guerrilla carlista.

Al no obtener éxito en esta primera tentativa para pacificar el norte peninsular, Alfonso XII emprendió su viaje de regreso a la capital, no sin antes mantener un encuentro cargado de gran simbolismo para la opinión pública. A su paso por Logroño el rey visitó al anciano general Espartero, duque de la Victoria, príncipe de Vergara y antiguo regente del reino. Desde un punto de vista figurado, se puede observar que con este encuentro –no fruto de la casualidad, como parece obvio– se trataba de representar una especie de “relevo del testigo”, puesto que el veterano “pacificador” Baldomero Espartero fue quien firmó el Convenio de Vergara (1839), por el que se puso fin a la primera de las guerras carlistas. Espartero y el rey Alfonso mantuvieron una cordial entrevista, en la que éste recibió de manos del viejo general la Gran Cruz de San Fernando, que acababa de serle concedida. Espartero tuvo la deferencia de mandar buscar su propia condecoración para cedérsela al joven monarca, a quien dirigió un discurso orientado esencialmente a ensalzar esa imagen de rey soldado:

4“(…) habéis sido el primero de nuestros Monarcas que en España, desde Felipe V, se ha presentado al Ejército español en función de guerra, exponiéndose al plomo de los sectarios del absolutismo, bien puede V. M. llevar la Cruz de San Fernando, símbolo de valor y fortaleza, con título legítimo. Concededme, Señor, la alta honra de decorar vuestro pecho con la banda que ha llevado este veterano en cien combates, ganada derramando su sangre por la integridad de la Patria, por su independencia, por vuestros antepasados, y por las libertades públicas (…)

Iniciado el año 1876, Alfonso XII acudió por segunda vez al frente de guerra para intentar liquidar la guerra civil peninsular. No hay que olvidar que se trataba de una guerra heredada de la época de Amadeo I de Saboya y de la Primera República, circunstancia que fue ampliamente explotada por la prensa alfonsina. Y fue el recién restaurado rey Borbón quien logró concluir la larga guerra civil con un éxito rotundo y en relativamente poco tiempo, mostrándose como cabeza visible de las postreras campañas bélicas. El 28 de febrero de 1876, Alfonso XII y sus ejércitos entraron en Pamplona, mientras el pretendiente Carlos de Borbón marchaba al exilio, y el 2 de marzo lo hicieron en Estella, dándose así por clausurada la guerra: el “rey soldado” se había “coronado” por segunda vez, en esta ocasión en el sentido simbólico y legitimador de la expresión.

En el manifiesto de Somorrostro (13 de marzo de 1876 y publicado en todos los rotativos durante los días siguientes), Alfonso XII dejaba sellada su imagen de “rey soldado” y daba, además, muestras plausibles del proyecto conciliador que personificaba:

“¡Soldados!: no puedo alejarme de vuestra presencia sin manifestaros la profunda gratitud de mi alma (…) Cuando ayer, en tierra extranjera, contemplaba lleno de angustia la discordia y la ruina de España, sólo me consolaba el considerarme de todo punto ajeno a tanta desventura (…) Espero en Dios que no ha de repetirse [la guerra]; y si común ha sido la pena, los beneficios de la paz que habéis conseguido alcanzan en cambio a todos los españoles, y a ninguno debe humillarle su derrota, que, al fin, hermano del vencedor es el vencido (…) Soldados: con pena me separo de vosotros. Jamás olvidaré vuestros hechos; no olvidéis vosotros, en cambio, que siempre me hallaréis dispuesto a dejar el palacio de mis mayores para ocupar una tienda en vuestros campamentos; a ponerme al frente de vosotros y a que en servicio de la patria corra, si es preciso, mezclada con la vuestra la sangre de vuestro Rey.”

 

Fuentes
Bruno Ramos Martínez. Memorias y Diario de Carlos VII, Madrid 1957
Francisco Hernando. La Campaña Carlista (1872 a 1876). París. 1877
Francisco Navarro Olaya. Almansa y los borbones.
José Extramiana. Historia de las guerras carlistas, San Sebastián 1978-1979
José María Jover(dir). Historia de España XXXIV. La era isabelina y el Sexenio
Democrático (1834-1874), Madrid 1988
Rafael Fernández Sirvent. De ‘Rey soldado a Pacificador’ .

 

Escrito por Cristóbal de Espinosa de los Monteros Utrera y Mírez

@EspinosaUtMirez

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