La batalla de Huesca. 1837. La Expedición Real en marcha

El sol apenas se levantaba en el horizonte.

El general Iribarren mandó al coronel Mendívil a explorar las inmediaciones del Huesca. El grueso del ejército de la Reina quedaba en Almudévar.

Mendívil llego al trote, con 20 jinetes, a las inmediaciones de la ciudad.

Destellaba el astro rey sobre los campos labrados y recién regados, bañando, al fondo, una serie de edificaciones. A la izquierda se veía la imponente catedral gótica. En su interior resonaban los cánticos de los clérigos. Don Carlos y su corte asistían en ella a un Te Deum. A la derecha, en lo alto, la ermita de San Jorge, aquél que había intervenido, según la leyenda, en la batalla de Alcoraz de 1096 que permitió al rey de Aragón Pedro I tomar Wasqa. Entre medio, delante de ellos, fuera de la ciudad, al otro lado de los campos sólo cuatro batallones de carlistas navarros, con sus fusiles en pabellones.

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El resto de batallones de infantería y la caballería que componían la Expedición Real, que había partido de Estella el día 15, se encontraban descansando y desprevenidos en el interior de la ciudad de Huesca.

Enterado de ello, Iribarren mandó avanzar al ejército desde Almudévar hasta las inmediaciones de Huesca. Llegaron a las dos de la tarde. Dispuso a sus tropas, unos 15.000 hombres, fuerzas similares a las de la Expedición Real, en tres columnas de ataque. La izquierda, bajo su mismo mando, la del centro dirigida por el brigadier Juan Van-Halen, y la derecha, dirigida por el brigadier francés Conrad.    

Diego de León, familiar del que sería llamado “Primera Lanza de España”, comandaba a la restante caballería isabelina. Una vez comenzado el tiroteo entre las avanzadillas de ambos ejércitos, León no pudo evitarlo, no podía esperar más, los carlistas desplegados eran pocos. Mandó tocar carga al corneta. Los coraceros y lanceros de la Guardia Real le siguieron. Los carlistas estaban desprevenidos y era el momento de atacar. Al trote primero, al galope después, la caballería isabelina cruzó el terreno que le separaba de aquellos cuatro batallones de navarros. A la carga, por la Reina y la Libertad.

La caballería cabalgaba cerca de la infantería carlista, cuando recibió los primeros fuegos de los centinelas y las guerrillas desplegadas. Estas se replegaron hacia los cuadros de infantería, y las que no tuvieron tiempo de hacerlo quedaron arrolladas por los caballos, acuchilladas a espadazos, sablazos y lanzazos. Al poco, los caballos se vieron frenados por el barro de los campos regados esa misma mañana. Sangriento combate se entabló entre jinetes isabelinos e infantes carlistas. La refriega se embarró.

Tiempo suficiente para que ocurriesen dos cosas que fueron clave en el desarrollo de la gran batalla que acababa de comenzar. Por un lado, el estado mayor carlista, avisado del ataque, se dejó de misas y sacó todo su ejército fuera de las tapias oscenses, desplegándolo en un frente desde las puertas de la ciudad al alto de la Ermita de San Jorge. Por otro, la mala fortuna hizo que el general Diego de León cayese muerto en los primeros compases de la refriega.

Cuando informaron a Iribarren de la muerte heroica de su compañero León. Llevado de la furia y el ánimo de venganza dio orden de ataque general, frontal. Él mismo se puso al frente de la caballería que quedaba y cargó. Se sucedieron las descargas de fusilería a lo largo de las líneas, las cargas y contracargas a la bayoneta. Un combate muy cruento entre el humo de la pólvora, el estrépito de los fusiles y el griterío de miles de hombres matando y muriendo. 2.000 bajas entre muertos y heridos quedaron en el campo de batalla. El propio general Iribarren fue una de ellas, ya que cayó herido y ordenó el repliegue.

La retirada isabelina fue dirigida por Van-Halen. De nuevo en Almudévar, Iribarren murió y Conrad quedó al mando de un ejército derrotado y desmoralizado. Las noticias llegaron a Zaragoza. Cundió el pánico en aquella ciudad, con fama de revolucionaria. Se movilizó la Milicia Nacional y se llamó a Marcelino Oráa, Capitán General de Aragón y que se encontraba en El Maestrazgo combatiendo a Cabrera. Este reunió a su ejército y a los restos del de Iribarren, y marchas forzadas llegó a Barbastro el 2 de junio, para ser derrotado por los carlistas.

La Expedición Real acabaría sin asaltar Madrid, ya que Don Carlos esperaba que la reina regente María Cristina le abriera las puertas y diese el trono de España. Pero esta, que había pactado aquello un año antes, temerosa de los liberales progresistas tras la Revolución de 1836, ya no tenía motivos, ya que la presión de los oficiales moderados del Ejército había acabado con el gobierno progresista de Calatrava-Mendizábal. La Expedición Real sería derrotada por Espartero en Aranzueque. La guerra en el Norte estaba vista para sentencia, aunque languidecería dos años más. Esta guerra civil, la Primera Carlista, se enmarcaba en un enfrentamiento internacional entre Revolución y Contrarrevolución que se había desencadenado en 1789. La batalla de Huesca fue un episodio de ello.

Escrito por Baldomero Espartero

(@DuquedeVictoria)

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